Salía todos los días a pescar en su bote; estaba unas horas en el mar, y casi siempre sacaba algunos peces. Los intercambiaba por lo necesario para su familia, y alguno se lo comía en la casa. Tenía hijos con los que compartía largos ratos dándoles y recibiendo cariño. Lo mismo con su señora. Le gustaba dormir siesta, leer, pasear, conversar con sus amigos y hacer algún deporte.
Un día llegó a la caleta una persona que vio cómo trabajaba el anterior pescador. Era un hombre de negocios (tal vez un ingeniero o algo similar). Se acercó al sencillo hombre de mar y le planteó una "muy buena" idea: trabaja más horas al día y saca más peces, luego podrás comprar otros botes y armar una rentable pequeña empresa. Luego puedes pedir financiamiento y seguir agrandando tu flota, exportar peces, ser administrador de una buena cantidad de bienes. El pescador iba escuchando cada uno de los pasos que proponía el bienintencionado y cariñoso estratega. Le preguntaba ¿para qué?, refiriéndose a cada uno de los escalones que le proponían. La interesante conversación terminó con el siguiente diálogo:
¿y para qué llegar a manejar y recibir tantos bienes?; Para que puedas vivir bien; ¿Cómo es eso?, que podrás tener mejor calidad de vida. Nuevamente ¿para qué?; para que tengas más tiempo libre. Y continúa: para tener lo necesario para vivir, para estar más con tu familia y amigos, para dormir siesta, para hacer deporte, para leer, etc.
Ambos se enriquecieron interiormente.
Por supuesto que es solamente un parcial ejemplo, que no alcanza a incluir el concepto amplio de que los bienes propios deben estar enfocados al servicio personal, familiar y social; y que el emprendimiento de nuevos buenos negocios permite dar trabajo, que las personas tengamos y tengan mayor acceso a oportunidades y servicios, etc.
El cuento no pretende desincentivar nada, sino que ir buscando el sentido profundo de lo que cada día realizamos.
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