viernes, 25 de noviembre de 2011

EL "MERCADO DE LA VIDA" Y SUS EXTERNALIDADES POSITIVAS

Las siguientes líneas son un deambular en torno la "vida": el distinto significado que tiene para las personas; algunas realidades, opiniones, regulaciones y políticas públicas al respecto.
Es reconocido que la vida es un bien de gran valía para un alto porcentaje de la gente, y así se observa cuando se alude a los derechos humanos, cuando se habla de la pena de muerte, de la defensa propia, de las barbaridades de las guerras, de la condición de los niños en ellas, y en la postura de los últimos siglos de que todos tenemos igual dignidad. Pero nos encontramos con una paradoja: la gente defiende ese concepto casi a raja tabla en la teoría, pero cuando se trata de tomar decisiones propias, o de definir políticas públicas, se opera con un criterio opuesto. Como el empresario que alaba al mercado libre, pero vive intentando tener el monopolio en su negocio. O como cuando las autoridades políticas se lavan las manos respecto al efecto de medidas de cualquier ámbito que han apoyado, y que significan una contradicción a sus principios, escudándose en que deben respetar la voluntad del pueblo, cuando la verdad es que no se atreven a mostrar a la opinión pública su verdadero razonar, sentir o creer. No están convencidos, o no saben del asunto, y tal vez les avergüenza su voto ignorante.
También los Gobiernos se entrampan con el tema de la vida. En vez de pensar en el largo plazo, sostienen sólo medidas parciales y de limitado efecto positivo. En esta columna, me refiero a que se centran en minimizar los efectos negativos del actual comportamiento sexual de los ciudadanos y de las excepciones por abusos extremos, en vez de incentivar un ejercicio responsable del mismo, centrado en el beneficio social que significa la generación de vidas nuevas. Una externalidad positiva (efecto bueno que va más allá del directamente buscado por los ciudadanos en particular) que merece la atención de los Estados. No es un tema sólo de conciencia, como se repite. Las vidas no son dignas sólo por alguna visión espiritual, sino que también en un sentido práctico y palpable en el caminar de las sociedades. En términos estratégicos de desarrollo de un país, en el ámbito material, económico, psicológico, sociológico, intelectual, educacional y espiritual, la vida y los demás llamados valores deben estar en la base de cada objetivo, meta, programa, política y ley. Esto lleva inobjetablemente a grandes beneficios de largo plazo. Y me atrevo a intentar una definición de los valores como aquellas realidades, en las cuales se encuentran conjugados lo bueno, lo verdadero, lo bello y lo amable, cuyo resultado es la iluminación del actuar del ser humano en todos los ámbitos de la existencia. En pocas palabras, "ideas traducidas en acciones".
Qué distinto sería ver la aplicación de subsidios a la vida, para facilitar e incentivar la paternidad, y no la contradicción de medidas simultáneas que vemos en todos los continentes y en Chile: nuestro gobierno comenzará por estos días a aportar un abono a las madres por hijo nacido vivo o adoptado, para mejorar sus pensiones, al mismo tiempo que insiste en la libre distribución de la píldora del día después, incluso con un fallo en contra por parte del Tribunal Constitucional, con el particular argumento de eliminar una supuesta discriminación en favor de quienes podrían comprarla, los ricos, desviándose del tema de fondo que está en juego: hay distintas posturas filosóficas, religiosas, científicas y políticas sobre la Vida. Estamos hablando de bienes distintos y usamos la misma palabra, lo que implica "mercados" y enfoques muy variados. Una tremenda complicación para todo el que tenga parte en este asunto desde la perspectiva de políticas públicas. Para unos merece una apreciación a todo evento; y para otros, es un bien de menor categoría, e incluso una carga.
Por su relevancia, estimo que debemos seguir con la reflexión nacional sobre el tema de la vida. Es insuficiente una mera revisión de legalidades vigentes. Debemos esforzarnos en aclarar nuestros puntos de vista; estudiarlos, fundamentarlos y reafirmarlos o, humildemente cambiarlos, al descubrir con mente abierta, que nos parece más objetiva una noción que desechábamos por no conocerla a fondo. Y como resultado de esta sugerida reflexión nacional, podría incluso concluirse la necesidad de un cambio constitucional, precisando el artículo que defiende el derecho a la vida, en vez de esconder la cabeza como avestruces temiendo al enfrentamiento directo del tema. Pero, lamentablemente, vemos que los relacionados problemas urgentes de salud pública, de alimentación, de posibles discriminaciones, de costumbres y maneras de vida ya adquiridas respecto al tema, dentro de otras cosas, hacen difícil darnos tiempo para una meditación tranquila.
Deberíamos seguir todos haciéndonos preguntas sobre lo referente a la vida: ¿Cuándo empieza?, ¿cuál es su sentido?, ¿habrá una profunda unión física y espiritual en el acto sexual?, ¿cuándo estamos, en este siglo, los hombres y mujeres capacitados para el concepto de paternidad responsable?, ¿podríamos pensar en formas específicas de familia, para decidir cómo crecen más plenos los niños?, ¿qué argumentos ayudan a decidir cuántos hijos tenemos la suerte de poder traer al mundo?, ¿qué métodos de planificación permiten un mayor grado de conocimiento mutuo, comunicación y conciencia de la pareja, sus ciclos, sus necesidades, sus desahogos, sus esfuerzos, su placer, su juego, su entretención, su crecimiento en el camino de la sexualidad total, incluyendo la genitalidad y erogeneidad?, ¿tendrá algún sentido abstenerse sexualmente antes de formar un hogar?, ¿dónde está el amor?
Finalmente, quiero aventurar maneras de tasar la vida. Cuantitativamente, se pueden hacer estimaciones pensando en el concepto de capital humano, lo invertido y lo que genera, pero por la naturaleza de esta realidad, prefiero en esta ocasión hacer un ejercicio de valoración cualitativa desde la perspectiva de la experiencia de cada individuo. Y sin entrar en argumentaciones filosóficas, metafísicas o religiosas cuestionables, se puede hacer volar la imaginación y la memoria hacia algunas emociones que el vivir trae consigo: ¿qué ha sentido cada persona en aquellos momentos en que está imbuido de una armonía, paz y equilibrio, aunque sean incipientes y efímeros (no duran mucho)?; o cuándo le encuentra sentido a algo que le perturbaba; cuándo se siente que basta solo con el simple existir, sin más, para que uno mismo y el universo sean buenos; cuando se siente querido y acogido por ejemplo por la madre, independiente de errores, méritos y demás asuntos secundarios. Me parece que por ahí va la cosa: razonando, sintiendo y recordando momentos buenos. Porque cuando estamos, los individuos o las sociedades, en situaciones difíciles (algunas nombradas en un párrafo anterior), nos nublamos y muchas veces dudamos, con todo derecho, de que la vida tenga sentido.
Ojalá auscultáramos en conjunto las raíces y fines del "Mercado de la Vida", para luego planear cómo enfrentar con sabiduría el futuro cercano, enfocado a un largo plazo serio y positivo.

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